
El infinito es un punto (o quizá más bien no es un punto) en el que todo valor desaparece, porque no hay comparaciones posibles. El uno sólo es pequeño porque existe el dos y el 90.000 es pequeño cuando hay un 700 millones. Pero infinito no atiende a razones. Divide infinito entre cualquier número y seguirá siendo infinito. No hay nada mayor que infinito ni un número inmediatamente inferior a infinito.
Sentir no tiene razón de ser en el infinito. La matriz de los sentimientos se hace tan extensa que desaparecen las coordenadas donde ubicarlos. El tiempo es sólo el ruido de un reloj. La distancia es indiferente. Todo punto es el centro de todo. Todo y nada son lo mismo. No hay conceptos sin opuestos.
Hace ya tiempo que me acostumbré a vivir en el infinito, en el término medio del universo, donde no hay dónde encontrarse excepto en todos los sitios. Hay habitaciones tan grandes cuyas paredes jamás llega a ver ni tocar nadie por mucho que caminen y quizá ya todo perdió el sentido hace demasiado tiempo, como siempre deseé.
Y ahora es el momento de construir el mundo y llenar ese espacio. Contruir una isla en medio del negro neutro como punto de referencia para navegar hacia ninguna parte. Construirme, en definitiva. Construirse es una aventura que siempre acaba de comenzar.
Llegó el momento de dividir infinito entre infinito... Se busca infinito.

